En una playa,
al otro lado de un pequeño pueblo,
junto a la orilla del mar,
solitaria y risueña,
había una casa de tela
sobre un nido de tierra,
y en su interior,
una mariposa en flor
y una estrella.
Eran dos amores solitarios,
nadando en el rumor de las olas,
abrazados a los ensueños
de un duendecillo diminuto
que vagaba sobre pequeños mundos
con horizontes de violetas.
La mariposa,
con sus ojos cerrados,
soñaba con la lectura
oyendo la voz
del loco sin rumbo,
amante viajero extraño
en busca de amor
que con el tiempo
se alejó hacia el ocaso
al otro lado de la bahía.
Reír quisiera algún día,
llorar en el consuelo del atardecer,
y en las noches cerradas o de luna,
convertir la rosa presumida
en suaves caricias de compañía.
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